
Preguntamos al cielo muchas cosas,
por ejemplo las dudas que tenemos,
el tiempo que nos queda de la vida,
la duda en esos pasos tan estrechos.
Preguntamos al cielo que nos mira,
y devuelve al espejo su reflejo,
en él vemos la cara en la mañana,
la resaca y el pelo tan revuelto.
Preguntamos al rostro tan amado,
la pregunta que late en nuestro pecho,
si ha leído, quizás, nuestros poemas,
si ha llegado hasta el fondo de sus versos.
Preguntamos preguntas sin respuestas,
recibiendo suspiros y silencios;
a veces los suspiros tienen vida,
a veces los silencios tienen ecos.
Pero basta tan sólo una pregunta,
una nave que llegue hasta los cielos,
una dulce plegaria en la distancia,
una llave que abriera los misterios.
Preguntamos y el cielo nos responde,
nos dice que vivamos y cantemos,
que salgamos sin miedo por la vida,
que busquemos la rosa de los vientos.
Preguntamos y un eco nos responde,
nos dice que la vida es más que eso,
más allá de preguntas sin respuesta,
más allá de las dudas y recelos.
Nuestra vida es la eterna interrogante,
es la esencia vital de nuestros pechos;
es la rosa que luce alborozada,
el jardín donde duermen nuestros sueños.
Preguntamos al niño que se esconde,
a ese niño que duerme sonriendo,
y responde sin voces ni palabras,
y nos dice que sí, que está despierto.
Que su vida es tu vida, niña amada,
es el cáliz que entrega con deseo,
es el vino que busca entre tus labios,
es el néctar latente de tus besos.
Es al fin, esa eterna mariposa,
la que vuela y palpita con denuedo,
la que lleva en sus alas un mensaje,
y que dice, mi amor, cuanto te quiero.
Rafael Sánchez Ortega ©
30/06/08
